QUIENES SOMOS
Nuestro fundandor fue el P. Félix de Jesús Rougier, un sacerdote francés nacido el 17 de diciembre de 1859 en Meilhaud, Francia, que se hizo cura en la Congregación de la Sociedad de María (Maristas).
Un buen día recaló en la Ciudad de México allá por el año 1902 conociendo, de una manera providencial, a Concepción Cabrera de Armida (Conchita) al año siguiente. A partir de ese momento su vida fue la Espiritualidad de la Cruz y a ella se dedicó por entero en la más absoluta obediencia a sus superiores, probando con su entrega sin condiciones a la voluntad de Dios, que Él le llamaba a fundar a los Misioneros del Espíritu Santo.
Por fin, sus superiores Maristas, después de 10 años en que lo apartaron de todo aquello que “oliera” a México y a Espiritualidad de la Cruz, le dieron el permiso de fundar a los Misioneros, y el 25 de Dicembre de 1914, día de Navidad, día en que la Iglesia celebra el naciomiento de Jesús, los Misioneros del Espíritu Santo nacieron humildemente en una pequeña capilla, la de Las Rosas, ( que ya ni existe) en el Cerro del Tepeyac, ahí junto a la basícilica de la Virgen de Guadalupe, en la ciudad de México en la locura de la plena persecución religiosa. Es que sólo el P. Félix podría hacer algo así. Pero, ¿a quién se le ocurre fundar cuando los curas eran perseguidos hasta la muerte?…¡Pues al P. Félix, hombre!, que para eso era santo…
Pues ya ven Vds., así nacimos, y en nuestro nombre, Misioneros del Espíritu Santo, «está todo el programa de nuestra vida religiosa y sacerdotal».
Nuestro espíritu y nuestra misión fundamentan y exigen un modo peculiar, un estilo de vivir nuestra consagración a Dios y de realizar nuestra misión en la Iglesia. El P. Félix lo sintetizaba así: «Ante todo contemplativos y después hombres de acción».

- Hombres de oración
Esto exige que seamos hombres de oración, atentos amorosamente a Dios, hasta lograr que la oración domine toda nuestra vida y así estaremos continuamente bajo su influencia.
Debemos dar el primer lugar a la contemplación, no sólo en la teoría sino en la práctica concreta de la vida. Es imposible realizar nuestra misión si nuestra acción apostólica no se deriva de la abundancia de la contemplación.
La Eucaristía prolonga y actualiza la ofrenda sacerdotal de Cristo. Por eso nuestra vida litúrgica es intensa y culmina en la celebración de la Santa Misa. La fidelidad a la adoración eucarística ocupa un lugar primordial en nuestra vida religiosa.
Llamados por Dios a participar de la misma vocación, formamos una sola familia, en comunión de personas, con un mismo espíritu e idéntica misión. Por eso, en nuestras comunidades buscamos vivir unidos por el vínculo de la caridad, teniendo como los primeros cristianos un solo corazón y una sola alma.
Vivimos y trabajamos en comunidad. Ésta es como una familia en la que todos nos ayudamos a ser fieles a Dios y a trabajar en favor de los demás.

- Que vivimos con radicalidad los consejos evangélicos
Somos una congregación religiosa de vida apostólica. Nuestra acción apostólica brota de la contemplación.
Como religiosos seguimos radicalmente a Jesucristo Sacerdote y Víctima. Esto exige la entrega total de nuestra persona a Dios, por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Exige también que colaboremos con Jesucristo en construcción del Reino.
Estamos consagrados de manera especial al Espíritu Santo; somos sus misioneros.

